Cañón de Matacanes

Saltar por cascadas de doce metros, sumergirse en pozas de agua helada, pasar por cuevas de las que huyó el sol, y deslizarse por toboganes de piedra lisa, son parte de los retos que hay que sortear al interior de Matacanes, el campeón del cañonismo, considerado entre los mejores del mundo para practicar deportes de aventura.

Geo Aventura es la agencia que lleva a los visitantes al encuentro con Matacanes, en la Sierra Madre Oriental. Desconectados de la tecnología y equipados adecuadamente con casco, traje de neopreno, arnés y chaleco salvavidas, los aventureros comienzan el desafío en un sendero en medio del bosque en lo alto de la Sierra de Santiago, a casi treinta minutos de Monterrey.

Durante el trayecto es necesario evadir algunos troncos caídos, saltar enormes piedras y atravesar pequeños riachuelos. Tras, aproximadamente, cuarenta minutos de caminata se llega al pie de una enorme pared de piedra de más de ocho metros, donde se encuentra la primera prueba: saltar una cascada de cuatro metros y caer en un pequeño río.

Luego, hay que eludir el vértigo que provoca estar a 28 metros sobre el vacío, sólo sostenidos por un arnés. Se trata de otra cascada que da a una poza de agua. Uno de los guías que acompaña al grupo de turistas brinda las instrucciones necesarias para hacer rapel: de espaldas hacia el vacío hay que sostener la cuerda con la mano derecha detrás de las caderas para ir descendiendo poco a poco con ayuda de las piernas.

Después de este punto es necesario nadar, caminar y brincar todo lo que resta del paseo. Hay saltos que van desde los cuatro hasta los doce metros, aunque la mayoría de los saltos son opcionales. El grupo avanza en fila, cada quien a su paso, pero sin dejar mucho espacio entre unos y otros, con un guía en el frente, otro en medio del grupo y uno más en la retaguardia. Los toboganes de agua son los que más disfrutan todos. Sobre la roca lisa, se deslizan hasta una remanso de agua.

El último round

Luego de cuatro horas de recorrido se llega a la mitad de una pelea reñida entre Matacanes y los viajeros. Las rodillas comienzan a doler de tanto subir, bajar y saltar. El agua del río está helada y, conforme avanza el día, el cuerpo comienza a tiritar.

También forman parte de la aventura El Salto de la Amistad, una pequeña cascada en la que todos pueden saltar al mismo tiempo; La Cueva, completamente oscura, en la que es necesario seguir las instrucciones del guía al pie de la letra ya que no se ve nada; otro descenso en rapel de treinta metros; un río subterráneo y El Jardín. De vez en cuando, el Cañón de Matacanes hace un guiño noble y da un respiro a sus retadores mostrando sus bellos paisajes: ríos de aguas claras en tonos turquesa, enormes paredes de piedra grisácea, y caminos sinuosos llenos de abundante vegetación.

Han pasado ya ocho horas y Matacanes se mira triunfador ante el hambre que apremia a sus invitados. Chocolates, barritas de granola y cacahuate, así como tamarindos, es todo lo que sus contrincantes tienen para avanzar hacia el último round.

Agotados, con todo y los raspones de los que nadie se salvó tras las caídas y resbalones que, según Shiara, guía de turistas, “son los cariñitos que da la montaña”, los competidores se sienten triunfadores por haber terminado una gran hazaña. A lo lejos, cuando la noche ha caído ya sobre el cañón, Matacanes se mira también victorioso, ansioso por otro combate más.

 

Con información e imágenes de Querido México

 

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